Como maestra de música que soy, aporto mi granito de arena con canciones que conciencian sobre el amor y el respeto por la naturaleza. Actuemos desde el corazón, siempre en positivo, siendo conscientes y responsables de todos nuestros actos.

Este blog es un vehículo para transmitir mis ideas y conocimientos musicales. Una ventana que me permite abrirme al mundo y transmitir lo que me sale del corazón. Y tú también formas parte de este proyecto. Porque un mensaje sólo cobra sentido si hay un receptor.
A continuación, tienes una pequeña recopilación de canciones aportadas por mis seguidores en redes sociales, además de otros recursos musicales que me parecen muy apropiados para cultivar el amor por la naturaleza. Aporto, así, mi granito de arena. Os invito a reproducirlas en el coche, dando un paseo… Cualquier momento es bueno para concienciar sobre el enorme valor de la naturaleza.
Primero te invito a que escuches este mensaje de Lourdes Relloso.
Si eres maestra de música, éstas son tus canciones:
Vídeo oficial de «Herramientas», un recitado rítmico del álbum «Arbolito y la Abubilla». Un videoclip animado por @frotandovoy.
Hace unas semanas compartí unas rimas con movimiento de Tamara Chubarovsky: en este enlace «La abejita» y «Libélula lila» podéis ver los dos vídeos y leer todos los beneficios que aportan tanto a nivel motriz como del lenguaje.
Por último, rescato un breve texto que encontré en la cuenta de El secreto de shamanx, en Instagram:

La agricultura, durante milenios, ha sido celebrada como la ocupación noble por excelencia, aquella que une al hombre con la tierra, que proporciona sustento y continuidad. Como decía Cicerón, es «la ocupación más digna para todo hombre libre». Pero ¿qué significa realmente libertad cuando hablamos de agricultura?
Desde una perspectiva antropológica, la agricultura marcó el inicio de una nueva era: el Neolítico. Un punto de inflexión en el que el ser humano pasó de vivir como parte simbiótica del entorno —nómada, recolector, integrado en el ritmo de la tierra— a domesticar el paisaje, fijar territorio, jerarquizar comunidades y controlar el tiempo a través de la siembra y la cosecha. Lo que se vendió como progreso fue, en realidad, el inicio de nuestra esclavitud: al calendario, a la propiedad, al trabajo estructurado.
La paradoja es evidente. Aquello que nos dio civilización también nos arrancó del flujo natural. Pero hoy, en pleno siglo XXI, la agricultura —la verdadera, la regenerativa, la consciente— es último vestigio de humanidad. Frente al avance tecnológico imparable, frente a la digitalización absoluta de la vida, donde la nueva esclavitud que carece de esfuerzo pero consume nuestro espirito, cultivar la tierra se ha convertido en un acto de resistencia, en una forma de recordar que aún tenemos cuerpo, manos, estaciones y raíces.
Estamos entrando en una nueva era: la del humano simbionte del algoritmo. El cuerpo orgánico pierde relevancia, sustituido por avatares, datos, redes neuronales artificiales. En este paradigma, la ecología se transforma en una narrativa decorativa. Porque ya no se busca preservar un entorno habitable para nuestra biología, sino trascenderla a la dependencia tecnológica. En ese marco, la ecología se vuelve una máscara verde que nos aleja de la tierra para hundirnos en el nuevo modelo de vida al que sólo llevamos pocas décadas adaptándonos pero sin el cuál ya no sabríamos como vivir.
La agricultura, por tanto, no es solo un oficio, es una trinchera. Es el último enlace entre el pasado tribal y un futuro inorgánico. Cuando desaparezca, no será solo el fin de una práctica milenaria, sino el de nuestra humanidad biológica.
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